lunes, 21 de enero de 2013

Escritura y moral

En el blog de la Biblioteca Virtual Miguel de Cevantes, se puede ver y escuchar a Fernando Savater pronunciando una conferencia titulada La moral del escritor, la cual recomiendo que, al menos, no dejen de verla y escucharla, si es que no también de debatirla. No obstante, ahora no voy a comentar ninguna de las ideas defendidas por este -con pesar  suyo- eminente filósofo y -por voluntad propia- no menos eminente escritor. Lo que haré, con menor pretensión filológica, será echar mano de ese recurso conocido como retruécano, de modo que en lugar de invitarles a pensar en la moral del escritor, les reclamaré su atención para que se paren a pensar en la escritura de la moral. Esta, en efecto, y sin agotar todas sus modalidades, puede ser escrita de varias maneras: a través de eso que conocemos como decálogo, o sea, listado de prohibiciones o prescripciones; o por medio de una fábula, un cuento o una parábola en los que manda la intención edificante; también la narrativa novelada o memorística puede ser un instrumento usado con intención práctica, es decir, para orientarnos acerca de qué acciones son las más adecuadas, óptimas, convenientes, oportunas, prudentes o justas; e, incluso, algunos poemas nos señalan -aunque sea implícitamente- cuál es el orden moral al que deben contribuir nuestras vidas; y, por supuesto, hay discursos más prosaicos en los que, por medio de argumentos racionales, se procura convencernos tanto de que hagamos el bien como de cuál es la mejor forma de alcanzarlo. 

Ahora bien, me interesa resaltar una especial forma de referirse a lo que uno piensa o cree que debe ser, a lo que uno espera ser y está dispuesto a hacer para conseguirlo, en definitiva, a lo que uno cree que ha de hacer para ser uno mismo, aún mejor que sí mismo y más feliz, o menos desdichado. Hay personas que desligan por completo cada una de sus actividades y, con ellas, las experiencias que las acompañan. De este modo, las hay que ni por asomo se les ocurriría realizar una extrapolación  o desplazamiento ético de, pongamos por ejemplo, coleccionar monedas. Lo que intento decir es que algunas personas no logran extraer de las virtudes propias de una actividad o afición otras consecuentes virtudes de orden ético. Pero gracias a la creatividad humana, también hay personas que, dotadas de una singular inteligencia sensitiva y expresiva, nos regalan con su vital salto metafórico del logos -de la palabra y de la razón- una espléndida escritura de la moral. Hasta tal punto, que al leer algunos de sus textos, por breves que sean, uno no puede dejar de sentir y pensar que tal vez el ser humano, para serlo de verdad, ha de aventurarse inevitablemente a ir del logos al logos, lo que no es sino caminar por el ethos.

Traigo aquí una muestra de esa maravillosa escritura de la moral en la que esta nos es mostrada en ligazón con la cotidiana labor humana, y todo gracias a la belleza de unas palabras que lo son del logos con experiencia. Cuando tenemos la fortuna de leer una escritura así, podemos comprender, sensorialmente también, cómo el bien y la belleza, sin ser ideas platónicas, están sustancialmente imbricadas. El texto que a continuación reproduzco ha sido escrito por Pilar Hidalgo Crespo, a quien agradezco su amistosa generosidad al enseñarme cómo se transita desde la sencilla expresión de la experiencia diaria hasta la elevada escritura de la moral, desde el logos al logos sin salirse del ethos; camino este que -a pesar de sus senderos trágicos, abruptos, escarpados y laberínticos- conduce con belleza hasta el bien. 

<< Esta mañana, mientras regaba las orquídeas y las arreglaba, pensaba en la fragilidad y fuerza que emana de estas plantas; su belleza dual es como la vida misma. Lindas a momentos, solitarias en ausencia de su flor pero siempre llenas de vida.

Con unas raíces que pertenecen a sí mismas pueden crecer  sin apenas disponer de tierra, sólo necesitan encontrar su sitio, dejarse acariciar por la luz hasta que vuelven a resurgir. 

Requieren de un mínimo de atención por parte de alguien que tenga a bien escuchar las señales que solicitan de ayuda, pero cuando lo consiguen, permanecen a la espera de su naturaleza, gritando que no están muertas, sólo repletas de paciencia.

Y así, a expensas de esta nueva explosión de exuberancia, me encuentro con el pensamiento positivo de que han sido atendidas y necesitan tiempo y esfuerzo para volver a rehacerse y sentirse orgullosas de su especial y única condición. >> (Pilar Hidalgo Crespo)


Con qué bella sencillez nos habla Pilar Hidalgo Crespo de nosotros mismos, de todos nosotros en aspiración a nuestra mejor humanidad. Con qué humanísima sencillez nos habla de nosotros mismos hablándonos de sí y del mundo. ¡Gratitud!